Dios, en su secreto proyecto, tenía planeada desde la eternidad la creación del hombre. Hizo al hombre a su misma imagen y semejanza, para que combatiera por siempre al diablo, que no puede comprender este misterio, y tomara su lugar. En el hombre, compuesto de alma, de huesos y de carne, resumió todas las criaturas más grandes del universo.
XIV. Por esta razón el propio Dios inició contra él una guerra abierta llevando consigo el vestido que había revestido desde siempre en su ciencia. Aquel con el que Satanás, que se había alejado de Dios, nunca podrá contemplarle perfectamente mientras no acabe todas las batallas contra él. Sólo entonces lo verá, en el gran dolor de la confusión, cuando sea confundido por este mismo juez justo, al final de los tiempos.
En el antiguo proyecto, que desde siempre está decretado, Dios estableció como la obra debía llevarse a cabo. Del barro de la tierra formó al hombre, con la forma prevista antes del comienzo de los tiempos. Del mismo modo que el corazón del hombre contiene en sí la racionalidad y pone en orden las palabras que posteriormente emite. Así, Dios cuando creó todas las cosas las produjo en el Verbo, ya que el Verbo es el Hijo, escondido en el Padre como el corazón está escondido dentro del hombre. Y Dios hizo al ser humano formándolo a su misma imagen y semejanza, porque quiso recubrirlo de una forma que revistiera la santa divinidad. Por esto depositó en el hombre la señal de todas las criaturas, en la misma medida en qué toda criatura proceden de la Palabra divina. Por esto, en la cabeza del hombre, encerrado en una esfera y establecido en la cumbre, está el cerebro. Sobre este cerebro se apoya una escalera provista de peldaños para subir para arriba, es decir de ojos para ver, oídos para oír, narices para oler y boca para hablar, y a través de ellos el hombre ve, conoce, discierne, distingue y nombra a todas las criaturas.
Dios ha formado al hombre y lo ha vivificado con un aliento viviente, que es el alma, lo coaguló en la carne y en la sangre, y lo ha hecho firme con la estructura de los huesos, tal y como la tierra es consolidada por las piedras, ya que, como la tierra no puede existir sin piedras, así tampoco el hombre sin huesos. Con respecto al firmamento, el sol, la luna, las estrellas, Dios no los ha colocado en lugares fuera de los cuales no puedan cumplir su curso, por cuanto estas constelaciones no podrían consolidarse si sus situaciones no hubieran sido definidas. Todas las situaciones, pues, responden a medidas preestablecidas, para que el círculo de la rueda del firmamento sea capaz de moverse circularmente con movimiento exacto. Y todo eso está establecido en la forma corpórea del hombre, aunque no en el mismo orden y con la misma perfección con que estas cosas existen en los espacios celestes. Todos estos puntos también conciernen al alma.
Cómo la disposición exterior y la forma corpórea del hombre son atribuidas al alma, según su progreso o defecto interior.
XV. La cumbre de la cabeza corresponde efectivamente al principio de la obra del alma, que dispone y manda todas las obras del hombre en la esfera de la racionalidad. Y este alma, que es como la cumbre, discierne en el cuerpo del hombre cuanto el cuerpo solicita y desea. El alma obra subiendo y bajando cuatro peldaños, que son la vista, el oído, el olfato y el gusto, con los que comprende y percibe las criaturas. Así, su recipiente carnal se extiende al mismo tiempo que ella hacia las criaturas, y su voluntad limpia los atrae hacia sí. Junto a cada criatura que crece, el alma vuela como el aire para satisfacer todos los deseos del cuerpo. Conoce los nombres de las criaturas, se dispone, en conformidad con el cuerpo, a quererlas o a odiarlas.
En efecto, la altura del hombre y su anchura, cuando se extienden igualmente los brazos y manos a la altura del pecho, son idénticas. Como el firmamento tiene largo y ancho iguales también, en las medidas del hombre a lo largo y a lo ancho, que son iguales, se reconoce la ciencia del bien y del mal, que percibe el bien en lo que es útil, el mal en lo inútil. Debido al gusto por la carne y la sangre del resto de los miembros del cuerpo, el alma queda enredada como el cazador captura la presa, de tal manera que el alma no logra casi suspirar antes de que el cuerpo haya satisfecho sus deseos, pero luego a menudo induce al cuerpo a suspirar junto a ella.
En su constitución, el firmamento y el hombre tuvieron de Dios, su artífice, una notable semejanza. Qué demuestra este hecho en relación al alma del hombre.
XVI. En la redondez de la cabeza del hombre está indicada la redondez del firmamento y en la regular y uniforme medida de la cabeza se muestra la medida regular y armónica del firmamento. La cabeza tiene por todos los lados una medida regular, tal como el firmamento ha sido ordenado según una medida uniforme, para que pueda tener una circunferencia regular por todos los lados, y ninguna parte supere injustamente la medida de otra.
Dios ha plasmado al hombre después del firmamento y le ha dado fuerza con las energías de los elementos, energías que también consolidan el interior del hombre, con el fin de que al respirar las inspire y las espire, lo mismo que el sol, que ilumina al mundo, emite de si sus rayos y los hace volver de nuevo a si. También la redondez y la armonía de la cabeza del hombre aluden al hecho de que el alma en pecado sigue la voluntad de la carne antes de renovarse, entre suspiros, en la justicia. La armonía consiste en el hecho de que el alma, lo mismo que se ha deleitado en los pecados, se angustie por ellos y sufra en la misma medida. Así el alma adquiere la vergüenza. El alma sin duda conserva la vergüenza y no se deleita con los pecados, pero los comete a causa del gusto de la carne cuando está junto a la carne.
En efecto, aunque un hombre pueda haber vivido en el pecado hasta la náusea, ocurre a veces que el alma, abrumada por la vergüenza, se aparte de los pecados, al contrario que ocurre cuando es vencida por la naturaleza de la carne. Todo el tiempo que el alma y el cuerpo viven juntos están en fuerte conflicto entre ellos, porque cuando la carne se deleita en los pecados, el alma sufre. Y de esto deriva la gran confusión de los espíritus malignos, porque no han podido nunca destruir la penitencia en las almas de los justos, mientras que ellos, en su caída provocada por el gran odio que tienen contra Dios, ni siquiera piensan en arrepentirse de lo que han hecho. De esta forma el alma manifiesta en si misma su redondez y su armonía, porque la ciencia del bien repugna a la ciencia del mal y la ciencia del mal resiste a la ciencia del bien. Una y otra se prueban mutuamente. La ciencia del bien es como la luna llena, cuando logra dominar a la carne con el bien obrar, cuando en cambio es arrollada por ella, entonces es como la luna menguante, su círculo solo se ve en sombra.